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Rincón Literario

 

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"CAPITULO I - EL PRELUDIO - NOVELA VICENTA DE PAUL"
Opina: Carolina P. McMuller

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Escucharás el llanto de los oprimidos y huérfanos;  Juzgarás a su favor para que jamás mortal alguno les cause dolor.

                                                                                       Salmo 10:18

                              

 

 

 Capitulo Uno El Preludio

Se las ingenió para escabullirse de la residencia familiar de verano, mientras que su institutriz fingía no darse cuenta. Fue en esa noche de premonición, una de las más frías que la costa de Algeciras había experimentado en muchos años, cuando la sombra de la joven caminaba nerviosa por las callejuelas estrechas, acurrucada contra las paredes.

El sonido de las campanadas de un viejo reloj marcando la medianoche, era normalmente lo único que alteraba el silencio nocturno. Sin embargo, esa noche, una de las tormentas más fuertes que nadie había visto jamás, sobrevolaba la ciudad; y para empeorar las cosas, las ráfagas frecuentes de rayos anunciaban la llegada de cada estruendo. Los destellos intermitentes creaban la ilusión rutilante del mismísimo día, resaltando aún más el blanco encalado de las casas rústicas, visión que duraba sólo unos segundos. Normalmente a tales horas de la madrugada, ni hombre, ni mujer decente, abandonaría el confort de su cama, y menos con semejante tiempo, ni siquiera las damas de la noche, o el borracho ocasional estarían lo suficientemente desesperados como para aventurarse a salir.

La joven iba pesadamente abrigada. Para evitar aún más el ser reconocida, cubría su cuerpo de constitución pequeña, con un mantón de Manila negro que la tapaba de pies a cabeza, camuflándola a la perfección con la noche. Desafortunadamente, para mantener la delicada prenda de seda en su lugar, eran necesarias esas paradas constantes para hacer los ajustes. La joven luchó contra el temporal, con ese mantón que parecía querer escaparse con cada paso que daba, a la misma vez tratando de mantener a salvo esa cesta que cargaba con extremada cautela, pues para ella era de incalculable valor. De vez en cuando, paraba para buscar refugio metiéndose en el zaguán de las casas antiguas, mientras la lluvia torrencial caía violentamente. Durante una breve escampada, decidió salir de su guarida, pero un rayo amenazante la obligó a volverse de nuevo al mismo sitio. Una vez más, se acurrucó en su rincón oscuro, lejos del peligro. Conteniendo la respiración, la joven abrió el mantón lo suficiente para poder echar un último vistazo dentro del cesto que con tanto dolor y esfuerzo había acarreado.

 Agotada, reunió las pocas fuerzas que le quedaban decidida a continuar su viaje, y como gazapo asustado, huyó de la seguridad de su agujero. La joven, con el llanto a flor de piel, temblaba. Por fin, la meta estaba cerca, al final de la calle estrecha su destino la esperaba sin prisas.

“Ya me queda menos,” se dijo en susurros. "Venga…" Su corazón latía cada vez más rápido a medida que atravesaba la plaza del pueblo.

Allí estaba, de pie y orgulloso, el antiguo Convento de 'Las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl'. La necesidad lo había transformado en orfanato.

Con todo el dolor de su corazón, y sin más opción que terminar lo que ya había empezado, estoica, siguió andando determinada a cruzar la plaza. Mirando hacia abajo, andaba lenta, vigilando constantemente sus pasos. Aun así, ni toda la precaución del mundo pudo evitar el resbalón. No lloró, respiró con fuerza y sin soltar la cesta, continuó. Acongojada, siguió nazarena decidida a llegar al convento. La tormenta, en uno de sus descansos, permitía que una suave llovizna en conspiración con la luna gentil y tierna, produjera un regalo en forma de espejismo, transformando las piedras mojadas de la plaza en un hermoso lago mosaico compuesto por miles de perlas, cada una de ellas parpadeando su brillo incesante con tonalidades negro, gris y blanco. Desafortunadamente, ni siquiera tal maravilla ocular, podía aliviar la pena y el desengaño de lo que estaba a punto de hacer. Delante de la gran escalera de mármol, resbaladizas por el monzón, se aventuró a subirlas, procurando ir lo más lento posible, prolongando la angustia que le quemaba el alma. A duras penas, consiguió llegar a la cima, sin más remedio que confrontar cara a cara la entrada principal del convento, donde dos gruesas puertas de madera con más de dos metros de altura la clausuraban. Las enormes bisagras, lucían un verde oxidado, precio y castigo del paso de los tiempos.  Cerradas a cal y canto, parecían los brazos de un gigante hibernando, esperando pacientemente a cualquiera que se atreviese a llamar.

Ningún mortal habría osado en perturbar el monasterio en medio de su sueño reparador. En su lugar, utilizaban una ventana especial que en su interior albergaba un torno, la utilización del mismo, evitaba esas explicaciones embarazosas. Cualquiera que se viese en tal situación, tenía la opción de abandonar el problema dentro de él, y con sólo un empujón, deslizar la rueda de madera hacia el otro lado. Una vez que se le perdía de vista, no había vuelta atrás. La única manera de recuperar lo que fuera, era volviendo al día siguiente. Esos casos, raramente se acontecían. Sin dudarlo ni un momento, lo hizo. Lo deslizó hasta perderlo de vista.

La joven, paralizada como una estatua miraba sin parpadeo alguno la cavidad del torno ahora vacío. Ingenua, sus ojos, parecían flotar en dos enormes lagunas. Los recuerdos de su infancia se arremolinaban en su mente. Enloquecida, empezó a golpear la ventana y luego a sí misma. Ningún sonido lograba escapar de esa boca, lloraba en silencio. Sus manos, hinchadas y sangrientas seguían pegando, sin sentir nada. Su cuerpo se desmoronaba mientras trataba desesperadamente de cambiar el rumbo del maldito torno, aun sabiendo que sólo se deslizaba en una sola dirección. La pobre seguía intentándolo una y otra vez.  Aterrorizada, se dio cuenta de que ya nada importaba, hiciese lo que hiciese no había forma de recuperar lo perdido sin levantar sospechas. Pero la joven, no estaba dispuesta a darse por vencida, y el torno tampoco. Viéndose que le faltaba la vida, en cuanto la realidad empezó a penetrar en su corazón, desorientada y herida, poco a poco se dejó consumir por la fatiga. Sin su consentimiento, su cuerpo se dio por vencido. Lentamente se deslizó hasta ponerse de rodillas, descansando su cuerpo sobre la vieja pared. Por un momento permaneció allí, en silencio, inmóvil, ausente, su rostro carecía de color o de emoción alguna.

La suave llovizna y las nubes se fueron disipando lentamente dejando vía libre a una luna solitaria. Llena de dolor, la miró mientras esas gotas tiernas camuflaban el residuo de su agonía, su boca parecía luchar, abierta de par en par e incapaz de emitir sonido alguno. Un insoportable ardor le raspaba las entrañas; de repente, como una ampolla, explotó un aullido ensordecedor que dio rienda suelta a su suplicio. Entre sollozos y lamentos, la figura negra se arrastró hacia el filo del primer escalón, a duras penas bajó peldaño a peldaño hasta descenderlos todos, alejándose para siempre, dejando la batalla perdida y la guerra también. No tardó en desaparecer. La noche, una vez más, se volvía austera, fría y silenciosa.

 

El amanecer llegó renovado, sin memoria de llantos o tormenta alguna. Tímidamente, los primeros rayos del sol de la mañana llegaban, trayendo consigo los colores de un pequeño arco iris que sobresalía de las cumbres del orfanato, y que le daba la más cálida de las bienvenidas a un nuevo día. En el interior, la vida conventual ya había comenzado con el suave murmullo de las oraciones, mientras los niños dormían. Fuera de la capilla, un largo pasillo de mármol blanco recorría la estancia como riachuelo manso, y de rodillas una joven novicia llamada María daba un buen fregado a un suelo inmaculadamente limpio, con la energía propia de su juventud. Perdida en sus pensamientos y cantando el Padre Nuestro, lentamente con mopa en mano se hacía camino. Absorta en su lírica, la joven novicia aún no se había percatado del regalo que descansaba encima de su cabeza, hasta que los balbuceos de un bebé interrumpieron su melodía. En estado de shock, se levantó con rapidez, golpeándose la cabeza en el borde del torno. Sin mostrar signos de dolor centró su atención en la cesta. Con curiosidad felina, sus manos angelicales empezaron a desenvolver un conjunto de mantitas, que delicadamente acurrucaban al bebé. Sus dedos, nerviosos con anticipación, se abrían camino entre un mar templado de sabanitas, y poco a poco consiguió desenredar a la pequeña. Una cabecita peluda sobresalía de entre la maleza, dejando al descubierto una carita redonda con ojitos color miel que la miraban con ansiedad, hasta que el llanto de hambre rompió el embrujo, su pequeña boquita se hacía cada vez más grande exigiendo su sustento.

Abandonando sus labores de limpieza, María cubrió al bebé, cogió la cesta y nerviosa llevó el descubrimiento a la Madre Superiora. Recuerdos de caídas anteriores la obligaron a andar cautelosamente, en vez de correr por el pasillo aún mojado, al fin y al cabo sabía que debía entregar su hallazgo ileso. El bebé se calmó por el camino, como si reconociera el mecimiento oscilante como preludio a una alimentación cercana.

La joven novicia sabía que el servicio de la mañana había terminado y que seguramente encontraría a la madre superiora en su oficina. Llamando a la puerta, esperó pacientemente hasta oír su voz autoritaria dándole permiso para entrar. María prosiguió a abrir la puerta con la calma que sus nervios y la cesta le permitían. “Reverenda madre, mire lo que Dios nos ha dejado hoy en nuestra puerta. Otro bebé…" dijo con un canturreo casi infantil.

La madre superiora echó un vistazo al bebé y observó como la novicia lo desenvolvía con una sonrisa, como si de un regalo se tratase. La misma, con voz tranquila pero firme, dijo, "Bueno... ¿qué es?"

El bebé desnudo comenzó a llorar al sentir la frialdad del aire en sus carnecitas, poco a poco la habitación se fue llenando de monjas atraídas por el llanto de vida. El bebé tenía un trapo por pañal enroscado alrededor de su cintura y entre las piernas. Olía a truenos. Viendo que no salía voluntaria para desenroscar el amenazante pañal, la madre superiora cansada de esperar les gritó, "¡pero bueno!, ¿a qué están esperando?, ¿a una invitación Divina?"

Las miradas de todas cayeron sobre la pobre novicia, invitándola a ofrecerse como voluntaria para la desagradable tarea. Con cara de pocos amigos, comenzó a desatar el paño maloliente. La habitación estaba ahora repleta de monjas, que la curiosidad había evitado que pasaran de largo. Todas estaban agolpadas alrededor del bebé,  finalmente se pudo abrir la pobre excusa de pañal, lanzando un terrible olor que de inmediato invadió toda la sala. Con inusitada rapidez, teniendo en cuenta la edad, la mayoría de las monjas volaron, dispersándose como moscas tan rápido como pudieron, huyendo de tan pútrido olor.

 "Bien… ¿qué es?" preguntó la madre superiora desde una de las esquinas. "¿Niño o niña?"

 La pobre novicia estaba teniendo dificultades limpiando al bebé, pues algunas de las heces se habían endurecido pegándose a la piel. Procedía con exagerada precaución por miedo de tirar de lo que no debía. Al fin se oyó cómo una voz triunfante anunciaba el resultado: "Sí, ya se lo que es… ¡es una niña!”

          La madre superiora no intentó controlarse, "¿otra?" resopló gruñendo, "con lo que cuesta que adopten a niñas, bueno que se le va a hacer, otra boca más para alimentar hasta Dios sabe cuándo. Recojamos y mientras, oraremos al Señor para que la provea pronto de una buena familia que la críe en el bienestar del amor de Dios. Señor, ten piedad y te suplicamos no nos hagas esperar demasiado” dijo mirando al techo.

 

Luego más tarde, se reunieron para cenar humildemente alrededor de una mesa escurridizamente larga hecha de tablones de madera desgastados. Antes de empezar, le dieron gracias al Señor por la sopa aguada y entre cucharadas conversaban sobre el bebé. Una de las monjas hacía el comentario de que la pobre niña probablemente no había sido bautizada. Las monjas discutían el peligro de no saber si el bebé había nacido con problemas, lo que causó que la madre superiora metiera mano al asunto, "debe ser bautizada tan pronto como sea posible."

La monja que estaba sentada a su lado comentó en voz alta: "Bueno, el cura más cercano está a una hora de viaje." El sacerdote que venía  diariamente a dar misa, padre Juan, había fallecido un par de noches antes, “Padre Juan, que Dios lo tenga en gloria,” dijo la madre superiora.  Sin pensarlo más, le susurró algo a su mano derecha, sor Mercedes. La monja, en voz alta anunció lo que la madre superiora le había confiado al oído, "teniendo en cuenta que es incierta la salud de la pequeña, nuestra reverenda madre ha dado sus bendiciones para empezar con los preparativos del bautismo."

Seguidamente sor Mercedes explicó a sor Marta lo que debía de hacer, "vete en paz y tráenos a la niña vestidita como Dios manda para recibir el Santísimo Sacramento del Bautismo." Mientras esperaban, alguien le preguntó: "¿Tenemos nombre?"

La madre superiora respondió en su manera habitual, "vamos a llamarla como nuestro Santo patrón, San Vicente de Paúl." Todas la miraron sorprendidas por lo inesperado de su petición. Ningún huérfano había recibido nunca tal distinción.

Pronto todas las monjas se reunieron alrededor de un bebé limpio y vestido de blanco. La madre superiora colocó a la niña sobre una antigua bacina de mármol.

"Estamos hoy aquí reunidos, delante de nuestro Señor, para dar el sacramento del bautismo a esta nueva vida. Dios que estás en los cielos, le damos el sagrado nombre de nuestro santo patrón 'San Vicente de Paúl'. La madre superiora hizo la señal de la cruz sobre la frente del bebé y su pechito. Cuando terminó, proclamó en voz alta: "Yo te bautizo Vicenta de Paúl en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Que Dios bendiga a esta niña, que ahora a través del bautismo es hija de nuestro Señor Jesucristo. Oremos para que prospere en cuerpo y alma y crezca fuerte entre los miembros de nuestra comunión.”

          La madre superiora tomó una gran concha gastada por el tiempo,  dícese perteneció a un Santo, la llenó abundantemente de agua bendita y la derramó sobre la cabeza del bebé. Prosiguió con: "En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo... Amén."

Las monjas respondieron con un fuerte y jubiloso: "¡Amén!" Un llanto estremecedor invadió la capilla.

"¡Vaya llanto, niña…!" comentó una de las monjas, "nuestro dulce Señor te ha bendecido con buenos pulmones." Todas las monjas asintieron con la cabeza y con sonrisas abiertas salieron de la pequeña capilla, retornando gustosas a las rutinas del día.



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